Sánkua

Referentes del proyecto Sánkua. Haga click sobre cualquier imágen para ir a la fuente.

Este borrador de cuento fue un experimento que buscó sintetizar los referentes visuales en una sola narrativa literaria.

Escrito por Juan Prieto con la colaboración de Diego Zúñiga.

Cerró la puerta con diplomacia, con el dulzor de un adiós que se despide contundente, dejando atrás nada más que la espalda que avanzaba sin retorno. Caminó despacio pero corriendo mentalmente, afuera la ciudad abarrotada convulsionaba, indiferente como siempre. Nada sabía más a hiel que esa piel cotidiana en la que ahora sentía punzantes todas las lágrimas del mundo, la historia de todos los hombres era la suya.

Qué grotesco pasado le antecedía. Recordó cuando sólo quería escribir, vivir de día y soñar de noche. !Soñar! Eran tiempos difíciles para el oficio de la contemplación, del sencillo objeto reposado, del más paciente ocio. Había olvidado el cielo infinito sobre sus sienes, el viento cálido lo bordeaba evadiendo su tristeza. Todo lo que había hecho allá era sonreír y no pensar. No pensar porque si lo hacía estallaba de amor, y ponía en riesgo el calculado proceso que lo había cosificado para incrementar su capacidad productiva. Sus sueños eran sólo piedras que entorpecían el engranaje del progreso mientras él se extinguía, se agotaba. No quedaba más en su interior que sentirse miserable. Todas sus ganas de ser se liquidaban en cansancio.

Sabía bien que era el último turno cumplido, se lo prometió para no seguir muriendo y no encontró ningún indicio de mañana, no más mañana, ningún día más parecido a los otros, nunca más. Sonrió como quitandose el oxido de la boca.

Encendió sin ansiedad un cigarrillo, los caminos ahora podían decidirse y eran varios. Mientras miraba el piso que cambiaba vió las medias de diferente color que se había puesto por afán esa mañana. El día siguiente lo volvería hacer, sin afán, como los hombres libres. El viento cálido se encrudeció, se le había olvidado levantar la cabeza para darse cuenta que había llegado a un improvisado camino de alameda anunciando la entrada a un parque cercado. Se olvidó de las medias.

No quería insistir en decidir qué sendero tomar, sin pensarlo tomó el que le pareció más descuidado. Mientras avanzaba las plantas se hacían más frondosas y el aire que llegaba a su nariz era más verde, en el interior sonaba un río mientras el ruido de los carros se apagaba con los pasos. Cada vez más el sonido del río y menos el de los carros. Volteó a mirar, estaba bastante introducido en el parque, de lejos no parecía tan grande aunque daba la sensación de ser impenetrable. No tenía miedo ni afán, ni había pensado todavía en devolverse, le seducía cada vez más la idea del río que se agolpaba en sus oídos. Qué extraña sensación… sentirse dormitado y sin cansancio por el sonido del agua que lo invadía.
Abrió los ojos. Un valle gigante de plantas primitivas que se montaban unas sobre otras, se enredaban en una lucha por la luz en tiempo vegetal, abovedando todo el valle con un techo de luces intermitentes, que se colaban por entre las ramas cuando el viento les abría espacio. Abajo estaba el río. Su rugido llenaba todo el espacio y exhalaba un rocío cristalino. Un tronco gigantesco lo atravesaba como un puente, caminó por él hasta la mitad y se sentó.
Miró sus pies y el agua que pasaba abajo, un poco alto pero el tronco que lo sostenía era robusto y lo suficientemente ancho como para acostarse. Vio el entramado de enredaderas que ascendía por encima del árbol caído, así en ese lugar, la luz que se colaba en las ramas y más allá el lejano mapa estelar sin nubes.

Cerró los ojos, inhaló profundo… el viento, el aire llenó su pecho y abrió espacio entre los huesos. Lo contuvo un momento y exhaló.

Inhalar….
Exhalar….

Se hizo presente. Ahí. Entonces. El pasado y el futuro se diluyeron en su mente. nada más bastaba que ese tronco abrazando su espalda, ese cielo abrazando sus ojos, ese aire abrazando su pecho, el universo entero abrazando su existencia y ese momento extraviado de la noche, arrojado allí por un destino apremiante… no tenía por qué juzgar, ni pensar en nada más que pensar que no pensaba. La noche y él. El tronco y él, el río pasando debajo y él.

Él y todo el cosmos.

Un cuarto enorme, blanco, liso, sin entradas ni ventanas, nada, solo blanco. Podía ver desde afuera su propio cuerpo desnudo, tendido inmóvil en el piso. En silencio. Blanco.
Diminutas partículas doradas surgieron flotando en el espacio; permanecieron un momento congeladas para moverse de repente sin control en tempestuosos torbellinos que se estrellaban contra las paredes. Más y más partículas, millones de ellas chocaban como una tormenta de arena desenfrenada.
En un instante…
Silencio.
Las particular implotaron en una sólida figura de oro derretido, una mujer desnuda, incandescente, flotaba en el centro del espacio. El pelo levitaba en movimientos acuosos formando olas que se esparcían hacia afuera. Las pupilas encendidas miraban fijamente los ojos cerrados del muchacho. Cerró también los suyos mientras un hilo etéreo germinaba lentamente del centro de sus cejas y descendía hasta sumergirse en el pelo del muchacho cálidos trigales amarillos, explosiones doradas, destellos oníricos, éxtasis solares, ángeles de arena en ríos de miel incandescente. El hilo brotaba de la diosa tejiéndose en el cabello del muchacho que ahora flotaba frente a ella y se contorsionaba en movimientos espasmódicos.

El tejido ascendía y se enredaba en una maraña creciente de fibras en metamorfosis, se multiplicaban en combinaciones infinitas de todos los elementos, barro, tierra en vez de aire, las habitaciones se llenan de arcilla, las galerías de los gusanos, las fisuras por las que se insinúan las raíces, se derraman lagrimas de barro en la humedad oscura y silenciosa del origen, abismos profundos, madrigueras del silencio, de la tierra explota la vida infinita y sin fronteras. Los hilos son también pelos, uñas, ramas, se entrelazan y la naturaleza desbordada derrite los límites de la forma. Las fibras se multiplicaban en enredaderas rebosantes que llenaban el espacio de materia orgánica mientras la diosa y el muchacho se hundían en la creciente espuma de fibras que amenazaba con estallar las paredes. En las burbujas del tejido se gestaban figuras fantásticas, atestadas de vida, que se fundían entre ellas formando magníficos seres vegetales con pezuñas de maderas emplumadas, lo que tocaban se convertía en bosque, humanoides alados con cabellos de selva, dientes de espinas, ojos frutales, orquídeas animales de todos los colores surgían y se extinguían de nuevo en el oleaje de la maraña de hilos que nacía de la diosa, cantaban, aullaban, gritaban, gemían, rugían, manadas de elefantes persiguen el viento, la simiente, el origen de los tiempos, palpita la conciencia en la fuente de la vida, las savias primigenias fecundan los vientres de la tierra.

El desenfreno lentamente se extinguió.

De nuevo silencio.

La marea de la vida dio paso a la quietud. Toda la materia se fue descomponiendo. Los hilos se volvieron huesos y el tejido se redujo a una masa hedionda y putrefacta. La mujer dorada se tornó oscura, se apagó la piel que pulverizada desistió del cuerpo descubriendo un esqueleto carcomido por gusanos que nacían de su cráneo.

Abrió los ojos. El cuarto enormbe, blanco, liso.

Abrió los ojos. Sus pies, el tronco, el río.